¿CÓMO LLEVAR EL FAULDUOMUNDO A CUESTAS?

Exposición realizada dentro de la muestra colectiva "(des) proporciones".
Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, Mayo - Junio 2012.
Curadores: Cecilia Guerra Lage y Gaspar Acebo.

En Un Faulduo el atlante es el lector
Sobre ¿Cómo llevar el Faulduomundo a cuestas?, por Cecilia Guerra Lage, curadora de la muestra "(des) proporciones".

Cuando le propuse a Un Faulduo participar en (des) proporciones lo hice pensando en presentar una obra site specific que sacara la historieta de su espacio habitual (la hoja de papel), y lo presentara en el contexto de una muestra de artes visuales. Me imaginaba viñetas del tamaño de una pared jugando, por ejemplo, con el caballo articulado de Sergio Lamanna. Reservé un espacio de ocho metros de largo por dos de alto, un muro formado por cuatro paneles sucesivos que sugerían la organización clásica de la historieta en viñetas regulares. Pero mi idea fue un fracaso. No entusiasmó a los faulduos ni un milímetro. Ellos venían los primeros días de montaje con su valijita llena de recortes y se enfrentaban a esa pared blanca. Errantes, pegaban y despegaban las imágenes, formando un collage desordenado que se replicaba en el piso. Los nervios (de todos) crecían. Un Faulduo estaba siendo devorado por su propio caos.
La cofradía de los tres Nicolases (Daniluk, Moguilevsky, Zukerfeld) y un Ezequiel (García), necesitaba algo así como la luz de un rayo que los encendiera, y esto no podía ser provocado en los adoradores de Jarry a través de un planteo racional ni metódico… la vía tenía que ser espontánea y violenta, cuando no “mágica”. Tenían que encandilarse con una idea. Warburg…! murmuré. Aby Warburg: ese intelectual judío hijo de banqueros alemanes que hacia fines del siglo XIX se deshizo de la responsabilidad de hacerse cargo de la fortuna familiar para ir en cambio a vivir unos meses entre los indios del sur de Estados Unidos; aquel estudioso del arte empeñado en rastrear lo que consideraba un revival dionisíaco en la pintura del Renacimiento italiano, o en observar la polaridad esquizoide de las ninfas de Botticelli. Aquel millonario que construyó una biblioteca en forma de elipsis para organizar sus sesenta mil volúmenes sobre estudios culturales de la imagen. Les pasé a los Faulduos unas fotocopias sobre la conferencia magistral sobre el rayo y el ritual de la serpiente que Warburg dicta durante su internación en la clínica psiquiátrica del doctor Binswanger. En fin, traté de inocularles la droga del pathosformel.
¡Y funcionó! Los elementos dispersos en esa pared se fueron ordenando para formar un atlas visual de las obsesiones del Faulduomundo, inspirados en las planchas del Mnemosyne con las que Warburg pretendía condensar la memoria ancestral de la humanidad. Sobre las paredes -ahora negras- empezaron a ramificarse los dibujos y las viñetas originales, las reproducciones propias o de obras ajenas, las fotos de prensa y artículos de diarios y revistas que giraban en torno a la ficción de la revista. Estos materiales fueron agrupados por proximidad en relación a un criterio doble, temático y formal. Se desplegó así un gran panel-jeroglífico que cada lector podía descifrar siguiendo su propio recorrido (estirándose en puntitas de pie o agachándose en cuclillas).
Las imágenes quedaron conectadas por un doble eje, su referencia a los temas que tratan en las historietas y escritos (el amor con sus extremos, de lo romántico a lo carnal llegando hasta lo incestuoso; la mediatización farandulesca de la política; los actos de violencia, de los crímenes privados a los atentados; sus referentes e influencias estéticas; etc.); y la semejanza entre los significantes contenidos en estas imágenes: un color, un forma, un encuadre, un gesto, una palabra. La yuxtaposición entre estos criterios hizo visible la operatoria a través de la cual Un Faulduo devora la realidad para darle nueva vida bajo las leyes del Faulduomundo. Un recorte de un artículo de la sección Policiales titulado “Mató harto de las burlas” revelaba el origen del Teodoro Placeres real, de carne y hueso; el logo impreso en la tapa de una caja de “Pizza Chopi” marcaba el nacimiento del personaje que habita las historietas del Faulduomundo; o podía verse al primer “Un Faulduo”, el seudónimo de un suscriptor de un periódico anarquista de principios del siglo XX. Sobre la trama de imágenes y escritos de esa ficción hermética que es el Faulduomundo, había agujeros que comunicaban directamente con la realidad, mejor dicho, con los acontecimientos de la actualidad loca de los diarios y revistas.
En este punto tengo que confesarme una lectora crispada: Un Faulduo es un texto ilegible. Por lo menos, para el antiguo lector acostumbrado a leer siempre el mismo relato: alguien, quiere hacer algo, y para eso tiene que superar obstáculos. Así es la vida. O por lo menos, así es como organizamos la materia de esa vida. Sin embargo en la revista, la acción, cuando no está congelada se posterga en infinitas disgresiones, se repite o se acelera sin relación de continuidad en el paso de una viñeta a otra. Minada así la secuencialidad narrativa ¿qué nos queda a nosotros como lectores? Nada más y nada menos que la descomunal tarea de armar una historia con estos fragmentos sin tiempo.
Es decir: Un Faulduo es un texto ilegible porque, a pesar de que la revista ya tiene como cinco años, nunca fue escrita. Es el lector el que la escribe cada vez que la lee. Es un texto sin centro en el que las viñetas y columnas de prosa poética gravitan separándose unas de otras, formando constelaciones aleatorias en la imaginación del lector. ¿Dónde más los autores podrían tener más libertad que en el margen? Incomprendidos en el ámbito de la historieta, ignorados en las artes visuales, los Faulduos se ensañan en continuar el experimento moderno de las “obras abiertas”, cuya expresión extrema podría ser Finnegans Wake.
Y vuelvo a la carga: Un Faulduo es un artefacto de comunicación border. Porque se burla del lector, disloca las convenciones que hacen al género “revista de historietas” y a su pacto de lectura. Parafraseando aquel hit lacaniano de “no escribo para ser entendido”, puedo decir que Un Faulduo desprecia la comunicación. Y está bien. No hay porqué domesticar el habla a la lógica de una comunicación estandarizada, lineal, lela.
Pero entonces para que la revista exista necesita un lector ágil, en perfecto estado. Porque en cuanto éste se distrae, lo deja en off side, panza arriba fuera del ring. Trata de llevarlo al knock out psicológico. Necesita un lector tenaz y entrenado. Un nadador que, a riesgo de perecer en el sin sentido, se deslice con brazadas enérgicas entre la inagotable proliferación de significados flotantes. Un lector incansable que persista aun cuando el texto no lo mire a los ojos, que no pierda su fe en el sentido ante semejante amasijo de significantes. Con “que el texto lo mire a los ojos”, quiero decir, un lector que busque con avidez en ese sustrato que hay debajo de las palabras. Más allá de la afección, que se dirija a lo sustantivo anclado en la pose: los afectos. Titánica tarea la de escribir una revista anudando fragmentos del inconsciente. En Un Faulduo, el atlante, la figura mítica que tiene que soportar sobre sí la infinita polisemia del texto, es el lector.